lunes, 31 de octubre de 2011

NADIA CAMINA

Nadia camina. Va y vuelve.
Gira sobre un pie y vuelve.
Mira el piso. Se concentra en el giro.
No para. Camina.
Va y vuelve.
No escucha ruidos, sólo sus pasos.
Apenas.
Va y vuelve. Camina.
Se concentra en la medida de los pasos.
Perfectos. Uno idéntico al otro.
Igual los giros.
Nunca se dio cuenta que no va a ninguna parte.
Pero camina.
Va y vuelve.
No para.

lunes, 26 de septiembre de 2011

CLAUDIA CAMINA

Claudia camina en un laberinto de espejos.
Sonríe. Se mira. Le gusta.
Camina y gira. Se asoma.
Ríe. Tira besos. Saluda.
Camina, Claudia camina.
Disfruta. Corre.
Disfruta. Para.
Se sienta y se mira.
Se toca la cara. Sonríe.
Oscurece. Se cansa.
Busca la salida.
Ya no se mira.
Se encuentra y se asusta.
Corre, se cae.
Tiene miedo.
Corre. Se golpea contra un espejo.
El espejo se parte.
Se mira. No se ve.
Ve una cara fragmentada en un espejo fragmentado.
Rojo. Sangre.
De rodillas, se mira de frente.
La cara destrozada en el espejo.
La cara destrozada contra el espejo.
No piensa nada.
Se acuesta, se ovilla, se relaja.
Se va quedando dormida.
Al amanecer,
un charco de sangre
y una pluma blanca del ala de un ángel.

domingo, 25 de septiembre de 2011

SÉ QUE ASÍ NO QUIERO

Me duelen las rodillas de pedirle a Dios.
Aúlla mi estómago de hambre.
Sangran mis manos de escarbar, buscando.
Estalla mi cabeza de pensar soluciones.
Me arde el pecho de sentires tan confusos.
Me agobia el peso en la espalda por las responsabilidades asumidas.
Me duelen las piernas de caminar en vano.
Se cierran mis ojos de cansancio.
Se apagan mis ganas, mis deseos.
Perdí  la voz, en no sé cuál discusión.
Ya casi no escucho, por miedo.
Sé que así, no quiero.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Julia camina

Julia camina.

Camina con miedo.

Camina se detiene y espera.

Espera la mano que la tome y la acompañe.

La mano que no llega.

Y vuelve a caminar.

Y se detiene y espera.

Mira, busca, se inquieta.

Y vuelve a caminar.

Y otra vez se detiene y espera.

Se sienta a esperar.

A esperar la mano que la va a acompañar.

La mano que no llega.

Julia espera, ya no camina.

Sólo espera.

Amalia camina

Amalia camina. Camina lento. Lento hacia su horizonte.

Camina y lleva sobre sus hombros toda su historia.

Los hombres de su vida. Los hijos que no tuvo.

Las alegrías. Los descontentos.

Sus temores y sus certidumbres.

Camina lento. Lento hacia su horizonte.

Cargada de vida. Con toda su vida a cuestas.

Lenta y cargada camina hacia su horizonte.

Como un caracol, camina alerta hacia su horizonte,

Dejando a su paso, un camino brillante.

Un camino de luz.

Laura camina

Laura camina. Camina en círculos.

 Sin presente se estira hacia un futuro que sabe que no existe.

Retrocede. Busca en el pasado. El pasado ya no está.

Un montón de recuerdos alborotados.

Unas manos que quieren llegar y se convierten en piedra.

Una voz que habla y no dice nada.

Un sentimiento que viene tímidamente y se asoma, espía y se esconde con temor.

Una oportunidad perdida, o ganada al tiempo.

Laura camina. Camina en círculos.

Sin presente, sin futuro y sin pasado.

jueves, 30 de junio de 2011

NO TEMO

NO TEMO A LA INEXORABLE MUERTE, SINO A LA PUTA VIDA CON SUS INOPORTUNAS Y DESGRACIADAS SORPRESAS.

jueves, 5 de mayo de 2011

CUÁNTO CAMBIÉ (1ra parte)

Una amiga de cuando era muuuyyyy joven, leyó mi blog y me mandó un mensaje al facebook diciéndome que le había gustado mucho, y que se había emocionado porque sentía que había encontrado en el blog la mina que yo fui.

Me hizo reflexionar mucho. Evaluar eso de los “puntos de vista” y los “puntos desde donde ver”.

Yo siento que soy la misma. Más vieja, más gorda, más experimentada, más golpeada, pero esencialmente la misma. La pregunta que me come por dentro es: ¿Cambié tanto como para que no vean en mí lo que yo veo? ¿O cambió su mirada que no le permite verme?

No puedo evitar flagelarme pensando en si habré cambiado tanto. En realidad, en qué forma habré cambiado. Para bien, o para mal.

Atino algunas respuestas que, por haber sido antes interrogante, ya demuestran cuánto cambié. Si para bien o para mal, dejémoslo para más adelante, será una reflexión posterior a la luz de las respuestas encontradas.
Reconozco que me volví más reflexiva (está a la vista). Antes era toda impulso, toda sangre arrebatada que se levantaba por instinto. Los años, los dolores, las pérdidas y también las alegrías, me enseñaron el disfrute y los beneficios de la observación y la reflexión. Paro, observo, analizo, actúo o digo. Lo que no cambió, fue la premisa de que “sostengo con el lomo lo que sale de mi boca”. Esa premisa que llevo grabada a fuego por mi crianza ,antes me costaba mucho dolor, porque al actuar por instinto, a veces, con la reflexión tardía, descubría una acción o unas palabras demasiado brutales para el momento que había pasado. Y aunque nunca le esquivé a pedir disculpas, sé, por experiencia propia, que hay palabras o acciones que son irreparables. El dolor causado a otro es siempre irreparable, para el otro, y para vos. Entonces aprendí a medir las palabras, y las acciones. A hacerlas un bollito y tragarme el impulso. Parar, observar, analizar y después decidir. No actuar en caliente, como se le dice. A veces no me sale. Se me escapa. Se me vuelan las chapas como digo cuando pasa. Y casi siempre termino dolida y pidiendo disculpas. La mayoría de las veces no por el contenido, sino por la forma.

Una mujer maltratada aprende a no maltratar. O intenta aprender. Casi lo estoy logrando.

Otra cosa que cambió en mí es la fe. Siempre me definí como agnóstica, pero más por comodidad que por convicción. Es más fácil decir que se cree en Jesús, sin tener que ir a  misa, ni a ningún encuentro religioso. Te decís una persona de fe sin asumir ningún compromiso. Facilongo, adolescente. Hoy digo que soy una persona de fe con la profunda convicción de la palabra de Jesús. Y como dicen los cristianos evangélicos, no puedo parar de dar testimonio. También descubrí, que soy marista, cosa que ni siquiera imaginaba. Entonces ahora cuando digo soy agnóstica, aclaro, diciendo la absoluta verdad de lo que pasa dentro mío, que creo en Dios, en Jesús y en el Espíritu Santo, que también creo firmemente en María, madre de Jesús. Y termino diciendo que no creo en las iglesias y sus ritos. Pero leí la Biblia, leo habitualmente el Nuevo Testamento, y rezo el rosario al menos una vez por día. También hablo con Jesús en voz alta, así me enseñaron que se hace, aunque también sé que el lee en el corazón de las personas por lo que no necesita palabras. Así doy testimonio de mi fe, so riesgo que algún tonto me considere una loca mística.

Una mujer que recibe milagros aprende a tener Fe.

Cambié también en que antes tenía un millón de “amigos”  (como la canción de cuando era chica). Y ahora sé que me sobran los dedos de las manos para contar mis amigos de verdad. No desmerezco las viejas amistades, ni las circunstancias amistosas de otro momento de mi vida. Me pone feliz volver a verlos, saber de ellos, recordar los tiempos en que creíamos ser amigos. Pero no me equivoco, sé que no dan ni la vida ni dos mangos por mí, y la verdad es que yo por ellos haría muy poco esfuerzo también. No son mis amigos. Mis amigos me presienten. Me saben de memoria. Me aman. Me perdonan y disimulan mis errores. No esperan nada de mí, y saben que siempre tendrán todo.

Una mujer que es abandonada o traicionada aprende el significado de la verdadera amistad.

También cambió mi expectativa de la gente, entonces me conformo con poco. Una muestra de cariño, un mensajito de texto, una palabra en el facebook, o aunque sea un dedito para arriba de “Me gusta”,  ya me alcanzan. Es un regalo de unos minutos de alegría. Un aventón de recuerdos.

Porque una mujer que vive en soledad o en “silencio de radio”, aprende a valorar cualquier muestra de afecto.

No cambió mi forma de amar. Siempre puse todo lo que tenía. Nunca me guardé nada. Quien tuvo el privilegio o la desdicha de contarse entre mis amados, me conoce y sabe qué se puede esperar de mí. Sabe que si pido jota es porque quiero jota, ni el abecedario, ni otra letra. Y si digo no, es no, sin intención de que me insistan. Igual cuando digo que sí. Es sí “aunque vengan degollando”. Cero histeria. Cero celos. En el amor exijo lo que doy: respeto y fidelidad, a los propios sentimientos. Si estoy con A, pero quiero a B, soy fiel a mis sentimientos, y dejo de estar con A, e intento estar con B. Si B no me da bola, o la situación es imposible, me quedo sola hasta que quiera a otro, pongámosle, C.

Una mujer que ha amado y se ha sentido amada más de una vez, es una privilegiada. Yo lo soy, y agradezco a Dios por eso.

Antes me definía como activista política. Ahora me considero una militante social. Pero lo que sale de mí es lo mismo. Lo que me mueve es lo mismo: la solidaridad, que a diferencia de la caridad que es vertical, de arriba hacia abajo (no la practiqué ni la practico), es horizontal. La solidaridad es horizontal, de compañero a compañero. Y no digo compañero en términos de política partidaria, sino en el real sentido de compañero de la vida, del momento que nos tocó o nos toca vivir, contemporáneamente y en alguna situación de cercanía. Tengo en el fb compañeros de vida (que no es lo mismo que amigos) a los que jamás les vi la cara, y probablemente no se la vea jamás, a los que he apoyado en momentos de desconsuelo y de los que he recibido innumerables muestras de preocupación y cariño en mis momentos de angustia.

Hay mucho más para reflexionar, pero otra cosa que cambié, es que antes hacía lo que tenía que hacer, siempre lo correcto, en tiempo y forma. Y ahora hago lo que quiero y cuando quiero, sin eludir las responsabilidades que te da ser esposa y madre. Fuera de eso. Lo que se me canta. Y ahora se me canta no escribir más, porque mi marido se acostó al lado mío a dormir la siesta, y  quiero ocupar mis manos en rascarle la espalda, que me encanta hacerlo y le encanta que se lo hagan.

viernes, 15 de abril de 2011

DE LA VIDA Y LOS ALFAJORES

Una noche escuché en la tele que un señor de los que viven en la calle decía que en la vida todo es o blanco o negro, que no hay términos medios, y agregaba : “Los alfajores son blancos o negros, o alguna vez viste un alfajor gris?” En el momento me causó mucha gracia pretender establecer un paralelismo entre la vida y los alfajores, pero por alguna razón, cada tanto sigo pensando una forma de convencer al señor de que la vida no son alfajores.
Esto me lleva a que hay muchas personas, que sin pensar que la vida es como los alfajores, piensan que todo es blanco o negro. Plata o mierda, dice otro personaje de la tele. Todo o nada.
También están los que dicen que entre el negro y el blanco existen infinidad de tonos de grises. Éstos son los que más me angustian, porque si la vida fuera blanca, negra y la infinidad de tonalidades de gris que existen en el medio, también estaríamos en el horno.
Como muchos otros, pienso que ni el blanco, ni el negro son en sí mismos colores. Son luz u oscuridad respectivamente, y que afortunadamente en la vida conviven infinidad de colores, comenzando por el rojo, el amarillo y el azul y todas las combinaciones y tonalidades que de los  mismos se pueden formar.
Un simple paseo por el campo en otoño, te muestra como la naturaleza ostenta todas las tonalidades de verdes, anaranjados, amarillos, marrones, azules e incluso, blanco, negro, y grises. O sea que los colores no se fabrican, vienen hechos. Uno puede ponerle diferentes nombres, depende a qué lugar de nuestras vivencias nos remitan. De ahí que el mismo tono de blanco puede ser llamado “blanco hielo” o “blanco azulino”. Y así pasa con todos.
Y hablando de chinchulines (como dice una amiga cuando relaciona un tema con otro y no entiende el por qué) esto me lleva a pensar en los puntos de vista y los puntos desde donde ver, que suena parecido pero es muy diferente.
El punto de vista es el objeto o situación a ser observada. Los puntos desde dónde ver, son los infinitos lugares (tantos como personas observen) desde donde se mira la cosa.
Eso lo aprendí en un curso de Resolución de Conflictos y Mediación (porque como siempre digo, en el área del pensamiento, ya fue todo pensado).
Ayer tuve un ataque de ira (así dice mi psiquiatra), ya que no siempre puedo manejar mis emociones, si no estoy lo suficientemente medicada (dopada como para razonar e irritarme menos cuando las cosas están mal). Yo lo llamo ataque de furia. En general, mis ataques de furia sobrevienen cuando no logro hacerme entender, o cuando siento que lo que para mí es importante a las personas con las que estoy interactuando les importa un carajo. Conclusión: al menos mis ataques de furia tienen que ver estrictamente con la impotencia. Puedo resistir perfectamente un no, pero no me banco un ni; me exaspera.
 Y ahí volvemos al blanco y el negro y los alfajores. Y ahí, siendo una persona instruida y con muchas más posibilidades que el señor de la calle, comparto la postura del señor de la calle. O blanco, o negro, no me hinchen las pelotas con los intermedios, y ni hablar de colores. Y me pongo intransigente y obtusa. Y así se desata el “ataque de ira” o de furia como prefiero llamarlo.
La característica esencial de mis ataques de furia es que asesino verbalmente o me inmolo. Cualquiera de las dos, o las dos. Pero duele tanto, tanto. Y lo peor es que cuando pasa sigue doliendo porque la sensación pasa a ser de impotencia a la de incapacidad. Incapacidad de controlarte, de razonar claramente. Una fea sensación que se pasa solamente con el amor y la contención de los que tuvieron que presenciar tu furia.
Igual después aparece la culpa, y esa se va sola pero lleva tiempo, a veces demasiado.
Y hablando de chinchulines, es así como funciona la cabeza de alguien “disfuncional”, creo. O así funciona la mía. Creo.
Volviendo a los puntos de vista y los puntos desde donde ver.  Sería muy útil, cuando comienza el sentimiento de impotencia poder cambiar el punto desde donde ver. Sería como salirse de los propios zapatos y mirar la situación desde un balcón. Tratar de convertirse en un observador externo, y por tanto desprovisto de intereses particulares o emociones sobre el tema. No es fácil hacerlo, casi que ni siquiera es fácil decirlo. Pero cuando se logra, casi siempre logramos encontrar una salida que nos permita salir de la impotencia y por lo tanto no llegar al ataque de furia. Por eso vale la pena intentarlo.
En realidad, no sé dónde iba con todo esto, pero me parece interesante pensarlo…

domingo, 10 de abril de 2011

CLARA

Natalio se enamoró de sus ojos ni bien la vio. Fue en la iglesia de La Merced un domingo de invierno. En el atrio, a la salida de misa, sus miradas se encontraron un segundo. Fue suficiente. Natalio cayó herido de amor para siempre.
No fue difícil averiguar de quien eran esos ojos negros. Clara Anchorena Paz. Huérfana de madre y padre por un naufragio en el Atlántico camino a París. Dos hermanas bien casadas en Europa, y una tía solterona y amargada que se hizo cargo de Clarita (y la enorme fortuna que le dejaran sus padres).  Caserón enfrente de la Recoleta con el balcón de Clara a la calle, plagado de malvones de todos los colores imaginables.
Natalio nunca más se perdió ni una misa. Y después, discretamente, hasta la casona frente a Recoleta a esperar que Clarita le diera una señal que lo había visto. Aunque sea un fugaz movimiento de la cortina del balcón. Si no hacía mucho frío incluso a veces salía a mirarlo fingiendo que leía un libro de tapas negras.
Un día se encontraron. No se sabe si fue el destino, la casualidad o la persistencia de Natalio. Ella caminaba con su nana mirando unos sombreros en una vidriera cuando él la vio. Se animó a acercarse y educadamente, haciendo una reverencia se presentó:
Natalio Ruiz, es mi nombre, y si no la comprometo ni la ofendo, me gustaría saber el suyo.
Ella sonrió. Clara Anchorena Paz.
Si le parece bien, Clara, quisiera hablar con su tía para pedirle autorización para visitarla.
Ella volvió a sonreir. No dijo nada. Y se fue con la nana renegando en un murmullo, cómo se admite semejante descaro de hablar con un desconocido en plena calle!!!!!
Esa misma tarde, Natalio se presentó en la casa de Recoleta a hablar con la tía. No fue un trámite fácil. La tía por poco lo echa a patadas, pero la aparición de Clara, zanjó la cuestión pudiendo Natalio visitarla los martes y viernes a la hora del té. Después irían viendo. Mujer de carácter Clara.
Y sabía lo que quería.
Con el tiempo las visitas se hicieron más frecuentes, e incluso imprevistas. La supervisión de la tía si bien no se relajaba, era burlada cuantas veces Clara quería, con la complicidad de la nana.
Así fue que hicieron el amor en toda ocasión que tuvieron, que no fueron muchas. Natalio le escribía poemas que ella guardaba prolijamente en una cajita de madera, atados con un lazo rosa.
Pero las historias de amor, nunca son perfectas.
Un domingo, Natalio no pudo levantarse para ir a misa. En realidad hacía mucho que se sentía mal, y lo acosaba la tos. Pero no podía permitir que eso opacara la felicidad de sus momentos con Clara.
En apenas un mes, murió. De tisis dijeron.
Y Clara casi muere de pena. Pero en vez de morir de pena, murió de parto, en París, 6 meses después de la muerte de Natalio, dando a luz a su hijo: Natalio Ruiz Anchorena Paz.
Hoy Natalio Ruiz, descansa en la Recoleta, Buenos Aires, Argentina. Clarita Anchorena Paz en el cementerio de Montmartre en París, Francia.
Y Natalio Ruiz Anchorena Paz, con los mismos ojos negros de su madre, y la mirada embobada de su padre, pasea por la calle Campos Elíseos, con una rubia bella colgada del brazo, mientras empuja un carrito donde duerme una beba preciosa llamada Clara Ruiz Anchorena, en honor de su abuela.

sábado, 19 de marzo de 2011

ANA

Todo cuento comienza con una palabra. ¿Cuál palabra elegir para empezar éste?
Tanto pensar, y tratar, y resistirme a comenzar… tantas palabras apretujándose en la cabeza para salir, o no salir…
En medio de tanta lucha (excusada) de la palabra por vencer, o perder, la primera palabra escrita es “todo”.
“Todo”, que por sí es “nada”. Así decía uno de mis psiquiatras. Si te duele todo, no te duele nada. Si te molesta todo, no te molesta nada. Si todos te odian, nadie te odia. Y si todos te quieren…
Espero que esto, sea algo más que “nada”.


Ana es complicada. Lo sabe y le gusta. Nació de una familia bien, de clase media acomodada, pero sin ninguna pretensión. Inteligente. Sensible. Ambiciosa. Autosuficiente.
Tuvo todo, y como decía antes, sentía que no tenía nada. Bah, nada que le importe. ¿Qué le importará? No sabe. Algo que está más lejos. Más allá. Donde no se ve.
No sabe que es, pero va a ir a buscarlo. La mujer maravilla. La que no necesita nada. La que va por todo. O nada.
Tarde por medio toma el tren. Baja en la misma estación. Hoy lleva una bolsa de papel de una tienda importante. Debería haber llevado una de nylon, piensa. No le importa. Ella es complicada, diferente. Y le gusta.
Usa jeans, zapatillas de lona blanca y camisa “polaris” con florcitas azules larga, por afuera del pantalón. En la bolsa: un sachet de leche y dos paquetes de galletitas dulces surtidas. Masitas se dice en su pueblo. Se dice “masitas” aunque sean saladas. Pero ella aprendió que en la gran ciudad se llaman galletitas y que las camionetas son camionetas, no “chatas”. Igual en la ciudad no se ven tantas chatas como en el pueblo. “Camionetas” digo.
Mientras camina, canta. “… te recuerdo Amanda, la calle mojada/ corriendo a la fábrica/ donde trabajaba Manuel…”
Quiere ser Amanda, quiere “su” Manuel que trabaje en la fábrica. Quiere sentir que “…la vida es eterna en cinco minutos…”. Ya le llegará…
Pero el Manuel de la canción marchó a la guerra… Quiere ser Amanda, quiere a “su” Manuel y como ya no hay guerras… esta va a ser una historia con final feliz. “Su” Manuel no va a caer destrozado y va a tener de sus “… cinco minutos la vida es eterna…” y…
No hay nadie esperándola en la esquina. No sabe si entrar sola o esperar. Espera unos minutos. Ahí están! Enanos de mocos colgando y manitos tironeantes. Tironean su “polaris”. Sonríen. Muestran todos sus dientitos. Dientitos de ardillitas. Piecitos con ojotas embarradas.
¡Hola! Entran. ¡Volví! Siempre vuelve.
Camino, caminito desparejo, desprolijo. Vuelta a la derecha, media a la izquierda y se termina. Otra vuelta más por el laberinto embarrado.
Las mujeres hablan poco y los chicos, demasiado. Aturden. ¡Contame! ¡Cantame! ¡Mirá!
Las mujeres al hospital con sus bebés. O a trabajar. Hombres en esa casa no hay. O nunca se vio, porque trabaja todo el día. Todo el día en un frigorífico. Está en la foto del aparador. Sonríe en la foto. Sonríe cansado o triste, en el cumpleaños de Camila. No mira la cámara. Mira el fuego de la vela. Con los ojos entrecerrados, mira el fuego y sonríe cansado. ¿Qué pensará?
¡Contame! ¡Cantame! ¡Mirá!
Y Ana cuenta, y canta y mira. Y sirve la leche. Y pone las galletitas en un plato. Y los montones de manitos tironeantes de camisa ahora son manitos arrebatadoras de masitas. Galletitas se dice.
Y Ana cuenta y canta y mira y toman la leche y hacen deberes.
Y los chiquitos se van yendo a sus casas y se queda con cuatro. Los “dueños de casa”. Y la mamá no llega y se inquietan. Ya va a venir. No pasa nada.
Juguemos dice Ana. Y dos se duermen esperando.
Ana bosteza. Se le cierran los ojos y sigue contando.
Llega la mamá. Gran alboroto. Florcita, la bebé está mejor. Hay que nebulizarla y darle un jarabe. Vacía la bolsa de nylon sobre la mesa. Caen unas papas, dos naranjas, dos manzanas, verduritas machucadas y un pedazo de carne. Se demoró en el mercado. La mamá pide perdón por la hora. A Ana no le importa. Hoy no tiene nada mejor que hacer que mimosear a esos chiquitos.
¡Besitos que me voy! Pasado mañana vuelvo y traigo algún cuento nuevo para leer. Y un librito para pintar y crayones. Sí, sí. Y leche y galletitas también.
Salen otra vez al laberinto embarrado que ensucian sus zapatillas blancas. Una vuelta para un lado. Una para el otro. Y otra más. Así. Así. Y llegan a la calle.
Besos. Muchos besitos. Nunca había caminado el laberinto de noche. Chau chau con las manitos y vuelven a entrar.
Ana se detiene antes de cruzar la calle por la esquina para ir a la estación. Viene un auto. Un patrullero. Silencioso y con las luces prendidas. Lo deja pasar. No es cuestión de ser atropellada por un patrullero.
Para.
¡Documentos! ¡Las manos a la nuca!
Los tiene en el bolsillo de atrás del pantalón, cómo quiere que se los de con las manos en la nuca?
¡No baje las manos! ¡No escucha!??
El que maneja la mira. No hace un gesto. No sonríe. No habla. La mira a los ojos. Pareciera que le tiene lástima.
El otro la toca. Busca los documentos y la toca.
Ana busca la mirada del que maneja pero ya no la mira. Mira para otro lado.
El otro la empuja. La tira al suelo. Le tira el pelo. La toca. La levanta de los pelos y la camisa. La camisa se raja. La polaris que le compró la mamá en un negocio del pueblo, piensa. El jean no se rompe, piensa. No se da cuenta pero llora.
¡Zurda de mierda! ¡Yo te voy a enseñar! ¡Todas putas, zurdas de mierda! Y se hacen las buenitas…
Un empujón más. La sube al auto. Medio cuerpo adentro y medio cuerpo afuera. Cierra la puerta. No cierra. Ana grita. Pero no grita… ¡No me quiero morir. No me quiero morir…!
….
Ana trata de moverse. Le duele. Tiene náuseas. Vomita. Tiene miedo de abrir los ojos.
Siente que le acarician el pelo. La están vistiendo. Como cuando era chiquita y la preparaban mientras estaba medio dormida, para ir a la escuela. Abre los ojos. Los ojitos de los nenes de manitas tironeadoras de camisa y arrebatadoras de galletitas, la miran enormes.
Julia le acomoda el pelo. ¿Estás bien? Te puse una remera limpia. Zapatillas no tengo…
Yo tengo las blancas, dice Ana.
Te falta una, no la encontraron.
Me tengo que ir. ¿Qué hora es?
No es muy tarde. Ya viene Ángel y te acompaña a tu casa. ¿Vas a volver? ¿Después de esto vas a volver?
No sé.
Y así descubrió Ana, que aunque no había guerras era lo mismo. Y que no era la mujer maravilla. Y que ya no quería ser Amanda.
Y no volvió más.

viernes, 25 de febrero de 2011

Qué se hace...

Qué se hace
Con el dolor de alma
Con las lágrimas que no caen
Con la sangre que se agita
Con el grito que no sale
Con la furia que hierve
Con la parálisis políticamente correcta

Qué se hace
Con la impotencia
Con la frustración
con el desconcierto
Con la espera
Con la esperanza
Con el no saber

Que se hace
Con lo inexorable
Con lo prohibido
Con lo temido
Con lo desconocido
Con lo añorado
Con la vida, y con la muerte.


Febrero 2010.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Uno

Uno no elige la situación en la que nace.
Nace en la situación y época que le tocan en suerte, o en desgracia.
Tampoco elige la familia, ni el color de pelo, de ojos o estatura.
En definitiva, uno no puede elegir que ser. Sólo puede elegir, dentro de los parámetros que le tocaron, cómo ser.
Y ésto también es relativo, ya que experiencias y conocimientos adquiridos durante la infancia, es decir cuando la voluntad no es absolutamente propia, sino que es reglada o manipulada por la voluntad de los adultos que nos rodean, nos condicionan, marcándonos a fuego por el resto de nuestras vidas.
Con todo este protocolo, digo: "Dentro de mis limitaciones físicas, emocionales e intelectuales, estoy orgullosa de ser quien soy y como soy".
Ésto significa que en tiempo de vida que dedicado a formarme como persona íntegra: física, mental e intelectualmente,  he trabajado a brazo partido para ser lo mejor posible, dentro de mis límites. Y el resultado de ese esfuerzo, me agrada.
No podría decir que soy feliz, porque no creo en la felicidad.
Pero conocí el amor, el dolor, la alegría y la tristeza.
Sé del desvelo de la preocupación y del sueño reparador de saber la tarea cumplida.
Creo en Dios. Y  por sobre todas las cosas creo en mí.
Creo en lo que soy, en lo que fui y en lo que seré.
Creo en todo lo que hice. Y en lo que voy a hacer.
Sé que cometí errores y que seguiré cometiéndolos.
Nunca dañe intencionalmente a nadie, ni lo haría.
Soy buena amiga de mis amigos, y me reconocen así.
Soy buena hija y buena madre.
Hasta fui buena esposa.
Soy buena. Esencialmente buena.
Y trato de rodearme de gente como yo.
A veces me equivoco. La mayoría, no.
No me gustan la ironía ni el cinismo. No soy irónica ni cínica, y menos respecto del amor.
La filosofía de café me fascina como ejercicio intelectual, igual que el Tetris o el Sudoku, pero no para la vida.
Para mí la vida, es una fuente inagotable de placeres, satisfacciones y responsabilidades.
Y así la vivo.


Esta es una carta escrita en el 2004 a un caballero que me cansó de estupideces.