sábado, 19 de marzo de 2011

ANA

Todo cuento comienza con una palabra. ¿Cuál palabra elegir para empezar éste?
Tanto pensar, y tratar, y resistirme a comenzar… tantas palabras apretujándose en la cabeza para salir, o no salir…
En medio de tanta lucha (excusada) de la palabra por vencer, o perder, la primera palabra escrita es “todo”.
“Todo”, que por sí es “nada”. Así decía uno de mis psiquiatras. Si te duele todo, no te duele nada. Si te molesta todo, no te molesta nada. Si todos te odian, nadie te odia. Y si todos te quieren…
Espero que esto, sea algo más que “nada”.


Ana es complicada. Lo sabe y le gusta. Nació de una familia bien, de clase media acomodada, pero sin ninguna pretensión. Inteligente. Sensible. Ambiciosa. Autosuficiente.
Tuvo todo, y como decía antes, sentía que no tenía nada. Bah, nada que le importe. ¿Qué le importará? No sabe. Algo que está más lejos. Más allá. Donde no se ve.
No sabe que es, pero va a ir a buscarlo. La mujer maravilla. La que no necesita nada. La que va por todo. O nada.
Tarde por medio toma el tren. Baja en la misma estación. Hoy lleva una bolsa de papel de una tienda importante. Debería haber llevado una de nylon, piensa. No le importa. Ella es complicada, diferente. Y le gusta.
Usa jeans, zapatillas de lona blanca y camisa “polaris” con florcitas azules larga, por afuera del pantalón. En la bolsa: un sachet de leche y dos paquetes de galletitas dulces surtidas. Masitas se dice en su pueblo. Se dice “masitas” aunque sean saladas. Pero ella aprendió que en la gran ciudad se llaman galletitas y que las camionetas son camionetas, no “chatas”. Igual en la ciudad no se ven tantas chatas como en el pueblo. “Camionetas” digo.
Mientras camina, canta. “… te recuerdo Amanda, la calle mojada/ corriendo a la fábrica/ donde trabajaba Manuel…”
Quiere ser Amanda, quiere “su” Manuel que trabaje en la fábrica. Quiere sentir que “…la vida es eterna en cinco minutos…”. Ya le llegará…
Pero el Manuel de la canción marchó a la guerra… Quiere ser Amanda, quiere a “su” Manuel y como ya no hay guerras… esta va a ser una historia con final feliz. “Su” Manuel no va a caer destrozado y va a tener de sus “… cinco minutos la vida es eterna…” y…
No hay nadie esperándola en la esquina. No sabe si entrar sola o esperar. Espera unos minutos. Ahí están! Enanos de mocos colgando y manitos tironeantes. Tironean su “polaris”. Sonríen. Muestran todos sus dientitos. Dientitos de ardillitas. Piecitos con ojotas embarradas.
¡Hola! Entran. ¡Volví! Siempre vuelve.
Camino, caminito desparejo, desprolijo. Vuelta a la derecha, media a la izquierda y se termina. Otra vuelta más por el laberinto embarrado.
Las mujeres hablan poco y los chicos, demasiado. Aturden. ¡Contame! ¡Cantame! ¡Mirá!
Las mujeres al hospital con sus bebés. O a trabajar. Hombres en esa casa no hay. O nunca se vio, porque trabaja todo el día. Todo el día en un frigorífico. Está en la foto del aparador. Sonríe en la foto. Sonríe cansado o triste, en el cumpleaños de Camila. No mira la cámara. Mira el fuego de la vela. Con los ojos entrecerrados, mira el fuego y sonríe cansado. ¿Qué pensará?
¡Contame! ¡Cantame! ¡Mirá!
Y Ana cuenta, y canta y mira. Y sirve la leche. Y pone las galletitas en un plato. Y los montones de manitos tironeantes de camisa ahora son manitos arrebatadoras de masitas. Galletitas se dice.
Y Ana cuenta y canta y mira y toman la leche y hacen deberes.
Y los chiquitos se van yendo a sus casas y se queda con cuatro. Los “dueños de casa”. Y la mamá no llega y se inquietan. Ya va a venir. No pasa nada.
Juguemos dice Ana. Y dos se duermen esperando.
Ana bosteza. Se le cierran los ojos y sigue contando.
Llega la mamá. Gran alboroto. Florcita, la bebé está mejor. Hay que nebulizarla y darle un jarabe. Vacía la bolsa de nylon sobre la mesa. Caen unas papas, dos naranjas, dos manzanas, verduritas machucadas y un pedazo de carne. Se demoró en el mercado. La mamá pide perdón por la hora. A Ana no le importa. Hoy no tiene nada mejor que hacer que mimosear a esos chiquitos.
¡Besitos que me voy! Pasado mañana vuelvo y traigo algún cuento nuevo para leer. Y un librito para pintar y crayones. Sí, sí. Y leche y galletitas también.
Salen otra vez al laberinto embarrado que ensucian sus zapatillas blancas. Una vuelta para un lado. Una para el otro. Y otra más. Así. Así. Y llegan a la calle.
Besos. Muchos besitos. Nunca había caminado el laberinto de noche. Chau chau con las manitos y vuelven a entrar.
Ana se detiene antes de cruzar la calle por la esquina para ir a la estación. Viene un auto. Un patrullero. Silencioso y con las luces prendidas. Lo deja pasar. No es cuestión de ser atropellada por un patrullero.
Para.
¡Documentos! ¡Las manos a la nuca!
Los tiene en el bolsillo de atrás del pantalón, cómo quiere que se los de con las manos en la nuca?
¡No baje las manos! ¡No escucha!??
El que maneja la mira. No hace un gesto. No sonríe. No habla. La mira a los ojos. Pareciera que le tiene lástima.
El otro la toca. Busca los documentos y la toca.
Ana busca la mirada del que maneja pero ya no la mira. Mira para otro lado.
El otro la empuja. La tira al suelo. Le tira el pelo. La toca. La levanta de los pelos y la camisa. La camisa se raja. La polaris que le compró la mamá en un negocio del pueblo, piensa. El jean no se rompe, piensa. No se da cuenta pero llora.
¡Zurda de mierda! ¡Yo te voy a enseñar! ¡Todas putas, zurdas de mierda! Y se hacen las buenitas…
Un empujón más. La sube al auto. Medio cuerpo adentro y medio cuerpo afuera. Cierra la puerta. No cierra. Ana grita. Pero no grita… ¡No me quiero morir. No me quiero morir…!
….
Ana trata de moverse. Le duele. Tiene náuseas. Vomita. Tiene miedo de abrir los ojos.
Siente que le acarician el pelo. La están vistiendo. Como cuando era chiquita y la preparaban mientras estaba medio dormida, para ir a la escuela. Abre los ojos. Los ojitos de los nenes de manitas tironeadoras de camisa y arrebatadoras de galletitas, la miran enormes.
Julia le acomoda el pelo. ¿Estás bien? Te puse una remera limpia. Zapatillas no tengo…
Yo tengo las blancas, dice Ana.
Te falta una, no la encontraron.
Me tengo que ir. ¿Qué hora es?
No es muy tarde. Ya viene Ángel y te acompaña a tu casa. ¿Vas a volver? ¿Después de esto vas a volver?
No sé.
Y así descubrió Ana, que aunque no había guerras era lo mismo. Y que no era la mujer maravilla. Y que ya no quería ser Amanda.
Y no volvió más.