jueves, 5 de mayo de 2011

CUÁNTO CAMBIÉ (1ra parte)

Una amiga de cuando era muuuyyyy joven, leyó mi blog y me mandó un mensaje al facebook diciéndome que le había gustado mucho, y que se había emocionado porque sentía que había encontrado en el blog la mina que yo fui.

Me hizo reflexionar mucho. Evaluar eso de los “puntos de vista” y los “puntos desde donde ver”.

Yo siento que soy la misma. Más vieja, más gorda, más experimentada, más golpeada, pero esencialmente la misma. La pregunta que me come por dentro es: ¿Cambié tanto como para que no vean en mí lo que yo veo? ¿O cambió su mirada que no le permite verme?

No puedo evitar flagelarme pensando en si habré cambiado tanto. En realidad, en qué forma habré cambiado. Para bien, o para mal.

Atino algunas respuestas que, por haber sido antes interrogante, ya demuestran cuánto cambié. Si para bien o para mal, dejémoslo para más adelante, será una reflexión posterior a la luz de las respuestas encontradas.
Reconozco que me volví más reflexiva (está a la vista). Antes era toda impulso, toda sangre arrebatada que se levantaba por instinto. Los años, los dolores, las pérdidas y también las alegrías, me enseñaron el disfrute y los beneficios de la observación y la reflexión. Paro, observo, analizo, actúo o digo. Lo que no cambió, fue la premisa de que “sostengo con el lomo lo que sale de mi boca”. Esa premisa que llevo grabada a fuego por mi crianza ,antes me costaba mucho dolor, porque al actuar por instinto, a veces, con la reflexión tardía, descubría una acción o unas palabras demasiado brutales para el momento que había pasado. Y aunque nunca le esquivé a pedir disculpas, sé, por experiencia propia, que hay palabras o acciones que son irreparables. El dolor causado a otro es siempre irreparable, para el otro, y para vos. Entonces aprendí a medir las palabras, y las acciones. A hacerlas un bollito y tragarme el impulso. Parar, observar, analizar y después decidir. No actuar en caliente, como se le dice. A veces no me sale. Se me escapa. Se me vuelan las chapas como digo cuando pasa. Y casi siempre termino dolida y pidiendo disculpas. La mayoría de las veces no por el contenido, sino por la forma.

Una mujer maltratada aprende a no maltratar. O intenta aprender. Casi lo estoy logrando.

Otra cosa que cambió en mí es la fe. Siempre me definí como agnóstica, pero más por comodidad que por convicción. Es más fácil decir que se cree en Jesús, sin tener que ir a  misa, ni a ningún encuentro religioso. Te decís una persona de fe sin asumir ningún compromiso. Facilongo, adolescente. Hoy digo que soy una persona de fe con la profunda convicción de la palabra de Jesús. Y como dicen los cristianos evangélicos, no puedo parar de dar testimonio. También descubrí, que soy marista, cosa que ni siquiera imaginaba. Entonces ahora cuando digo soy agnóstica, aclaro, diciendo la absoluta verdad de lo que pasa dentro mío, que creo en Dios, en Jesús y en el Espíritu Santo, que también creo firmemente en María, madre de Jesús. Y termino diciendo que no creo en las iglesias y sus ritos. Pero leí la Biblia, leo habitualmente el Nuevo Testamento, y rezo el rosario al menos una vez por día. También hablo con Jesús en voz alta, así me enseñaron que se hace, aunque también sé que el lee en el corazón de las personas por lo que no necesita palabras. Así doy testimonio de mi fe, so riesgo que algún tonto me considere una loca mística.

Una mujer que recibe milagros aprende a tener Fe.

Cambié también en que antes tenía un millón de “amigos”  (como la canción de cuando era chica). Y ahora sé que me sobran los dedos de las manos para contar mis amigos de verdad. No desmerezco las viejas amistades, ni las circunstancias amistosas de otro momento de mi vida. Me pone feliz volver a verlos, saber de ellos, recordar los tiempos en que creíamos ser amigos. Pero no me equivoco, sé que no dan ni la vida ni dos mangos por mí, y la verdad es que yo por ellos haría muy poco esfuerzo también. No son mis amigos. Mis amigos me presienten. Me saben de memoria. Me aman. Me perdonan y disimulan mis errores. No esperan nada de mí, y saben que siempre tendrán todo.

Una mujer que es abandonada o traicionada aprende el significado de la verdadera amistad.

También cambió mi expectativa de la gente, entonces me conformo con poco. Una muestra de cariño, un mensajito de texto, una palabra en el facebook, o aunque sea un dedito para arriba de “Me gusta”,  ya me alcanzan. Es un regalo de unos minutos de alegría. Un aventón de recuerdos.

Porque una mujer que vive en soledad o en “silencio de radio”, aprende a valorar cualquier muestra de afecto.

No cambió mi forma de amar. Siempre puse todo lo que tenía. Nunca me guardé nada. Quien tuvo el privilegio o la desdicha de contarse entre mis amados, me conoce y sabe qué se puede esperar de mí. Sabe que si pido jota es porque quiero jota, ni el abecedario, ni otra letra. Y si digo no, es no, sin intención de que me insistan. Igual cuando digo que sí. Es sí “aunque vengan degollando”. Cero histeria. Cero celos. En el amor exijo lo que doy: respeto y fidelidad, a los propios sentimientos. Si estoy con A, pero quiero a B, soy fiel a mis sentimientos, y dejo de estar con A, e intento estar con B. Si B no me da bola, o la situación es imposible, me quedo sola hasta que quiera a otro, pongámosle, C.

Una mujer que ha amado y se ha sentido amada más de una vez, es una privilegiada. Yo lo soy, y agradezco a Dios por eso.

Antes me definía como activista política. Ahora me considero una militante social. Pero lo que sale de mí es lo mismo. Lo que me mueve es lo mismo: la solidaridad, que a diferencia de la caridad que es vertical, de arriba hacia abajo (no la practiqué ni la practico), es horizontal. La solidaridad es horizontal, de compañero a compañero. Y no digo compañero en términos de política partidaria, sino en el real sentido de compañero de la vida, del momento que nos tocó o nos toca vivir, contemporáneamente y en alguna situación de cercanía. Tengo en el fb compañeros de vida (que no es lo mismo que amigos) a los que jamás les vi la cara, y probablemente no se la vea jamás, a los que he apoyado en momentos de desconsuelo y de los que he recibido innumerables muestras de preocupación y cariño en mis momentos de angustia.

Hay mucho más para reflexionar, pero otra cosa que cambié, es que antes hacía lo que tenía que hacer, siempre lo correcto, en tiempo y forma. Y ahora hago lo que quiero y cuando quiero, sin eludir las responsabilidades que te da ser esposa y madre. Fuera de eso. Lo que se me canta. Y ahora se me canta no escribir más, porque mi marido se acostó al lado mío a dormir la siesta, y  quiero ocupar mis manos en rascarle la espalda, que me encanta hacerlo y le encanta que se lo hagan.

No hay comentarios:

Publicar un comentario