Una noche escuché en la tele que un señor de los que viven en la calle decía que en la vida todo es o blanco o negro, que no hay términos medios, y agregaba : “Los alfajores son blancos o negros, o alguna vez viste un alfajor gris?” En el momento me causó mucha gracia pretender establecer un paralelismo entre la vida y los alfajores, pero por alguna razón, cada tanto sigo pensando una forma de convencer al señor de que la vida no son alfajores.
Esto me lleva a que hay muchas personas, que sin pensar que la vida es como los alfajores, piensan que todo es blanco o negro. Plata o mierda, dice otro personaje de la tele. Todo o nada.
También están los que dicen que entre el negro y el blanco existen infinidad de tonos de grises. Éstos son los que más me angustian, porque si la vida fuera blanca, negra y la infinidad de tonalidades de gris que existen en el medio, también estaríamos en el horno.
Como muchos otros, pienso que ni el blanco, ni el negro son en sí mismos colores. Son luz u oscuridad respectivamente, y que afortunadamente en la vida conviven infinidad de colores, comenzando por el rojo, el amarillo y el azul y todas las combinaciones y tonalidades que de los mismos se pueden formar.
Un simple paseo por el campo en otoño, te muestra como la naturaleza ostenta todas las tonalidades de verdes, anaranjados, amarillos, marrones, azules e incluso, blanco, negro, y grises. O sea que los colores no se fabrican, vienen hechos. Uno puede ponerle diferentes nombres, depende a qué lugar de nuestras vivencias nos remitan. De ahí que el mismo tono de blanco puede ser llamado “blanco hielo” o “blanco azulino”. Y así pasa con todos.
Y hablando de chinchulines (como dice una amiga cuando relaciona un tema con otro y no entiende el por qué) esto me lleva a pensar en los puntos de vista y los puntos desde donde ver, que suena parecido pero es muy diferente.
El punto de vista es el objeto o situación a ser observada. Los puntos desde dónde ver, son los infinitos lugares (tantos como personas observen) desde donde se mira la cosa.
Eso lo aprendí en un curso de Resolución de Conflictos y Mediación (porque como siempre digo, en el área del pensamiento, ya fue todo pensado).
Ayer tuve un ataque de ira (así dice mi psiquiatra), ya que no siempre puedo manejar mis emociones, si no estoy lo suficientemente medicada (dopada como para razonar e irritarme menos cuando las cosas están mal). Yo lo llamo ataque de furia. En general, mis ataques de furia sobrevienen cuando no logro hacerme entender, o cuando siento que lo que para mí es importante a las personas con las que estoy interactuando les importa un carajo. Conclusión: al menos mis ataques de furia tienen que ver estrictamente con la impotencia. Puedo resistir perfectamente un no, pero no me banco un ni; me exaspera.
Y ahí volvemos al blanco y el negro y los alfajores. Y ahí, siendo una persona instruida y con muchas más posibilidades que el señor de la calle, comparto la postura del señor de la calle. O blanco, o negro, no me hinchen las pelotas con los intermedios, y ni hablar de colores. Y me pongo intransigente y obtusa. Y así se desata el “ataque de ira” o de furia como prefiero llamarlo.
La característica esencial de mis ataques de furia es que asesino verbalmente o me inmolo. Cualquiera de las dos, o las dos. Pero duele tanto, tanto. Y lo peor es que cuando pasa sigue doliendo porque la sensación pasa a ser de impotencia a la de incapacidad. Incapacidad de controlarte, de razonar claramente. Una fea sensación que se pasa solamente con el amor y la contención de los que tuvieron que presenciar tu furia.
Igual después aparece la culpa, y esa se va sola pero lleva tiempo, a veces demasiado.
Y hablando de chinchulines, es así como funciona la cabeza de alguien “disfuncional”, creo. O así funciona la mía. Creo.
Volviendo a los puntos de vista y los puntos desde donde ver. Sería muy útil, cuando comienza el sentimiento de impotencia poder cambiar el punto desde donde ver. Sería como salirse de los propios zapatos y mirar la situación desde un balcón. Tratar de convertirse en un observador externo, y por tanto desprovisto de intereses particulares o emociones sobre el tema. No es fácil hacerlo, casi que ni siquiera es fácil decirlo. Pero cuando se logra, casi siempre logramos encontrar una salida que nos permita salir de la impotencia y por lo tanto no llegar al ataque de furia. Por eso vale la pena intentarlo.
En realidad, no sé dónde iba con todo esto, pero me parece interesante pensarlo…
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