Natalio se enamoró de sus ojos ni bien la vio. Fue en la iglesia de La Merced un domingo de invierno. En el atrio, a la salida de misa, sus miradas se encontraron un segundo. Fue suficiente. Natalio cayó herido de amor para siempre.
No fue difícil averiguar de quien eran esos ojos negros. Clara Anchorena Paz. Huérfana de madre y padre por un naufragio en el Atlántico camino a París. Dos hermanas bien casadas en Europa, y una tía solterona y amargada que se hizo cargo de Clarita (y la enorme fortuna que le dejaran sus padres). Caserón enfrente de la Recoleta con el balcón de Clara a la calle, plagado de malvones de todos los colores imaginables.
Natalio nunca más se perdió ni una misa. Y después, discretamente, hasta la casona frente a Recoleta a esperar que Clarita le diera una señal que lo había visto. Aunque sea un fugaz movimiento de la cortina del balcón. Si no hacía mucho frío incluso a veces salía a mirarlo fingiendo que leía un libro de tapas negras.
Un día se encontraron. No se sabe si fue el destino, la casualidad o la persistencia de Natalio. Ella caminaba con su nana mirando unos sombreros en una vidriera cuando él la vio. Se animó a acercarse y educadamente, haciendo una reverencia se presentó:
Natalio Ruiz, es mi nombre, y si no la comprometo ni la ofendo, me gustaría saber el suyo.
Ella sonrió. Clara Anchorena Paz.
Si le parece bien, Clara, quisiera hablar con su tía para pedirle autorización para visitarla.
Ella volvió a sonreir. No dijo nada. Y se fue con la nana renegando en un murmullo, cómo se admite semejante descaro de hablar con un desconocido en plena calle!!!!!
Esa misma tarde, Natalio se presentó en la casa de Recoleta a hablar con la tía. No fue un trámite fácil. La tía por poco lo echa a patadas, pero la aparición de Clara, zanjó la cuestión pudiendo Natalio visitarla los martes y viernes a la hora del té. Después irían viendo. Mujer de carácter Clara.
Y sabía lo que quería.
Con el tiempo las visitas se hicieron más frecuentes, e incluso imprevistas. La supervisión de la tía si bien no se relajaba, era burlada cuantas veces Clara quería, con la complicidad de la nana.
Así fue que hicieron el amor en toda ocasión que tuvieron, que no fueron muchas. Natalio le escribía poemas que ella guardaba prolijamente en una cajita de madera, atados con un lazo rosa.
Pero las historias de amor, nunca son perfectas.
Un domingo, Natalio no pudo levantarse para ir a misa. En realidad hacía mucho que se sentía mal, y lo acosaba la tos. Pero no podía permitir que eso opacara la felicidad de sus momentos con Clara.
En apenas un mes, murió. De tisis dijeron.
Y Clara casi muere de pena. Pero en vez de morir de pena, murió de parto, en París, 6 meses después de la muerte de Natalio, dando a luz a su hijo: Natalio Ruiz Anchorena Paz.
Hoy Natalio Ruiz, descansa en la Recoleta, Buenos Aires, Argentina. Clarita Anchorena Paz en el cementerio de Montmartre en París, Francia.
Y Natalio Ruiz Anchorena Paz, con los mismos ojos negros de su madre, y la mirada embobada de su padre, pasea por la calle Campos Elíseos, con una rubia bella colgada del brazo, mientras empuja un carrito donde duerme una beba preciosa llamada Clara Ruiz Anchorena, en honor de su abuela.
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