Ella no quería seguir remando sola. No tenía más fuerzas, ni
nadie que la sostenga.
Lo hablaron. Él confesó que ya no la amaba, y supo que no
tenía nada más por qué vivir.
Lo hablaron. Siempre lo hablaron todo.
Hicieron un pacto. Ella le firmó todos los papeles para
autorizarlo a todo.
Lo hablaron. Él se comprometió a cuidar de sus hijos.
Lo
hablaron. Para no comprometerlo se iría lejos. Una navaja, pastillas y una
bañera de hotel en la gran ciudad.
Lo hablaron. Lloraron. Se abrazaron. Durmieron abrazados y
él la llenó de caricias que ella pensó que eran amor.
Ella viajó. Él se quedó esperando la noticia y completando
papeles.
Ella se sumergió en el agua tibia y le recordaron sus
brazos. Los brazos de sol como la canción de Filio.
Se tragó un puñado de pastillas y empuñó la navaja.
Miró su vida como una película de cine mudo en blanco y
negro. Rapidísima. Y se detuvo en los abrazos de la noche anterior, en cámara
lenta y a todo color.
Tiró la navaja, vomitó y se envolvió en una toalla calentita
como sus brazos.
Le escribió que no quería irse a ninguna parte… que quería
quedarse en los brazos de sol.
Él no le contestó.
Lo llamó. Se lo dijo. Él no le pidió que vuelva. Le volvió a
decir que ya no la amaba. Y ella, no le creyó.
Ella volvió. Él no quería que volviera.
Ella le pidió que la mirara a los ojos y le hablara. Él solo
dijo ya no te amo, que se fuera, o se iría él.
Ella entró en shock. Y cuando salió lloró mucho, mucho,
mucho… Y con cada lágrima se regaba y resucitaba. Lágrimas guardadas,
contenidas durante años… la regaban.
Ella vive en otra ciudad. Él, no sé dónde vivirá…
Ella aprendió a no escuchar, solo a mirar. Y en la mirada de
los otros, acierta. Y en las acciones de los otros, acierta.
Ella está viva… Ella soy yo.
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