sábado, 20 de octubre de 2012

Un pacto para morir…


Ella no quería seguir remando sola. No tenía más fuerzas, ni nadie que la sostenga.
Lo hablaron. Él confesó que ya no la amaba, y supo que no tenía nada más por qué vivir.
Lo hablaron. Siempre lo hablaron todo.
Hicieron un pacto. Ella le firmó todos los papeles para autorizarlo a todo.
Lo hablaron. Él se comprometió a cuidar de sus hijos. 
Lo hablaron. Para no comprometerlo se iría lejos. Una navaja, pastillas y una bañera de hotel en la gran ciudad.
Lo hablaron. Lloraron. Se abrazaron. Durmieron abrazados y él la llenó de caricias que ella pensó que eran amor.
Ella viajó. Él se quedó esperando la noticia y completando papeles.
Ella se sumergió en el agua tibia y le recordaron sus brazos. Los brazos de sol como la canción de Filio.
Se tragó un puñado de pastillas y empuñó la navaja.
Miró su vida como una película de cine mudo en blanco y negro. Rapidísima. Y se detuvo en los abrazos de la noche anterior, en cámara lenta y a todo color.
Tiró la navaja, vomitó y se envolvió en una toalla calentita como sus brazos.
Le escribió que no quería irse a ninguna parte… que quería quedarse en los brazos de sol.
Él no le contestó.
Lo llamó. Se lo dijo. Él no le pidió que vuelva. Le volvió a decir que ya no la amaba. Y ella, no le creyó.
Ella volvió. Él no quería que volviera.
Ella le pidió que la mirara a los ojos y le hablara. Él solo dijo ya no te amo, que se fuera, o se iría él.
Ella entró en shock. Y cuando salió lloró mucho, mucho, mucho… Y con cada lágrima se regaba y resucitaba. Lágrimas guardadas, contenidas durante años… la regaban.
Ella vive en otra ciudad. Él, no sé dónde vivirá…
Ella aprendió a no escuchar, solo a mirar. Y en la mirada de los otros, acierta. Y en las acciones de los otros, acierta.
Ella está viva… Ella soy yo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario